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miércoles, 17 de agosto de 2011

¡Vivan los aficionados!


En cuanto a los espectadores de un acto deportivo, es algo natural que se identifiquen con el equipo de su preferencia y en tal forma lo hagan que participen plenamente de su valor simbólico, esto es,  de la voluntad de poder y de dominio.   Por tanto, el entusiasmo de la afición es algo natural y bueno, con los límites que significa lo anteriormente dicho a propósito de la construcción y no destrucción del hombre dentro del marco de la competitividad, lo que conlleva la cortesía, la caballerosidad y el control de la agresión.  El entusiasmo no es algo que pudiera reprocharse, salvo que signifique un desbordarse de instintos, que por desgracia ya traiciona al mismo deporte y al hombre mismo. Y por supuesto que en este mismo sentido todo tiene su límite según su propia naturaleza y es algo absurdo trocar el deporte por otras expresiones del hombre. En una sociedad secularizada con frecuencia se aduce el deporte como sustituto, querido o no, de las manifestaciones del culto divino, de manera que por ejemplo, el domingo, la participación en la Misa u otros actos de culto, se cambien por la presencia en justas deportivas. Es un sustituto que como tal es deletéreo y lleva al enajenamiento del hombre. Lo mismo valga cuando se usa el entusiasmo de la afición para distraer a la gente de la solución de problemas más profundos y se les engatusa con el deporte como verdadero opio. Ocurre esto por ejemplo con relación a problemas políticos o económicos. Se trata de tergiversaciones de la esencia misma del deporte.

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