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martes, 19 de julio de 2011

Morir con alegría



El enfermo se encuentra en condiciones terminales cuando su salud está irreversiblemente deteriorada. Entonces se debe acompañar cristiana y humanamente dando pruebas de justicia, caridad, nobleza y responsabilidad.  Hay que ser un soporte para el enfermo. Se prefiere que la vida termine en familia. Se debe aliviar el sufrimiento mediante cuidados paliativos que no curan, es verdad,  pero mitigan el dolor; no se debe privar al enfermo de su estado consciente sin motivos graves, y una vez que haya satisfecho todas sus obligaciones.
Quienes rodean al enfermo en su lecho de dolor lo deben hacer con una presencia amorosa, que lo reconcilie con la muerte en aceptación y esperanza, en fe, serenidad y paz. No hay que permitir que todo se reduzca a una mera medicalización como si fuera sólo algo fisiológico. Es sumamente importante tomar la muerte con la firmísima ESPERANZA de que en ella, al com-padecerla con Cristo se llena el enfermo de la alegría de la verdadera vida que comienza. Es la luminosidad de la muerte por la RESURRECCIÓN. No debemos tomar la muerte como un fin sino como un comienzo feliz. Este convencimiento firmísimo nos da la medida de nuestra fe cristiana, y según esta medida será nuestra serenidad, alegría y paz. Aceptando morir con Cristo llegamos con ÉL  a la hora de nuestra propia glorificación. Cualquier otra postura es triste y hasta desesperante. Este es el sentido del sacramento de la Unción de los enfermos.
En este contexto hay que vivir cristianamente la muerte, sin el ensañamiento terapéutico, esto es, no  hay que retardar inútilmente la muerte. ¿Y que sería el ensañamiento terapéutico:
El ensañamiento  terapéutico consiste en el uso de terapias inútiles que ante la inminencia de la muerte sólo aumentan el sufrimiento y son desproporcionadas con relación al binomio riesgo-beneficio, prolongando más bien la agonía que ofreciendo curación. Sus características son inutilidad, desproporción, aumento de la agonía. La desproporción se juzga por el mismo paciente, por el médico, la familia, el entorno social, el sacerdote; cuando es posible, que todos en conjunto intervengan solidariamente. Debemos recordar una vez más, que nunca  se deben suspender la hidratación y alimentación, pues hacerlo sería eutanasia.

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